viernes, 18 de junio de 2010

16) MATANZA DESDE EL AIRE

La única experiencia en bombardeos aéreos con que contaban los porteños en toda su historia se había producido en el mes de junio de 1955, cuando algunos aviones de la marina bombardearon la Plaza de Mayo.

Pero la fuerza aérea no había sido responsable de aquel cruento episodio. La Guerra de las Malvinas (1982) les había conferido un enorme prestigio incluso internacional y hasta un curioso respeto popular. Ahora se veían compelidos a utilizar sus mortíferos aviones para arrasar camionetas y hombres armados con palos de escoba.

La primera tanda de tres Mingos partió a las siete desde El Palomar. Portaban misiles Rainbow, bombas incendiarias de alcance restringido y ametralladoras con balas trazadoras. Los aviones realizaron dos pasadas rasantes sobre la avenida General Paz. El piloto Ricardo Ambrosi, que desertó y aterrizó en Uruguay, declaró a la prensa internacional: “Era impresionante, se veía gente hasta el horizonte. Eso era todo el pueblo. ¿Contra quién estábamos peleando? ¿Contra todo el pueblo?”.

Los otros dos mingos descargaron su arsenal sobre la muchedumbre. Mas que la matanza, el terror lo produjo el sonido y el color de las explosiones. Aquellas gentes nunca habían escuchado ni remotamente semejante calidad e intensidad sonora; el síndrome de bombardeo se propagó, el aturdimiento y la locura momentánea hicieron presa de las masas.

A las ocho partieron otros doce Mingos en distintas direcciones y atacaron las columnas invasoras en sus puntos neurálgicos de concentración, desatando un caos incontenible. Decenas de miles de personas fueron fulminadas en apenas dos horas de bombardeos.

Increíblemente, la marabunta, como un organismo indestructible que se recompone una y otra vez, continuaba avanzando, pasando por encima de los muertos y mutilados.
La palabra “venganza” se convirtió en el mantra mágico que les restauraba energía para continuar avanzando.

En el comando central, ubicado en un lugar de la ciudad que hasta hoy se ignora, se consideró positivo el resultado de la media docena de bombardeos realizados a lo largo de aquella jornada. Cálculos arbitrarios hablaban de doscientas cincuenta mil bajas, entre muertos y heridos. La aviación era indudablemente el arma más eficaz para derrotar a la horda. Sin embargo, su accionar tenía un límite y ya había sido rebasado. Más de medio millón de combatientes habían conseguido quebrar las líneas defensivas y estaban ingresando en la ciudad. La decisión entonces era si se bombardeaba o no se bombardeaba el centro de la ciudad.


Enrique Symns - “Invitación al abismo”
Fotos originales: 1 y 2

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