miércoles, 31 de marzo de 2010

12) ¡CAE CÓRDOBA!

El espectáculo que describieron los corresponsales era sobrecogedor: carreteras, campos y estancias se habían convertido en gigantescos campamentos y miles de fogatas iluminaban ese dantesco ejército de humillados. Niños, mujeres, ancianos, asesinos, hambreados, intelectuales, campesinos e indígenas -armados con fusiles, armas cortas y hasta grotescos palos- habían iniciado su marcha hacia Córdoba cuando la artillería abrió fuego indiscriminado sobre la masa. Roger Philiphs, en Argentina, la marabunta de la historia, sostiene que aquel cañoneo fue el motivo principal de la derrota gubernamental: “Si bien históricamente las fuerzas armadas se habían comportado sin contemplación, llegada la hora de reprimir al pueblo sublevado nunca se habían enfrentado tan frontalmente. Cuando la infantería avanzó sobre el terreno bombardeado y los soldados, en lugar de una resistencia, se encontraron con cuerpos mutilados, niños muertos y una multitud desconsolada, tal visión pesadillesca paralizó su accionar represivo. Aquella larga noche del 18 de octubre y hasta las primeras luces del amanecer, los alrededores de la ciudad se convirtieron en un gigantesco hospital recorrido por civiles y uniformados que atendían a los heridos o sepultaban a los muertos.

Los cordobeses, enterados de la matanza, abandonaron las trincheras y salieron al descampado para auxiliar a las víctimas.

Radio Expreso, la emisora clandestina con mayor audiencia, no cesó de transmitir desesperados mensajes de auxilio.

En Washington, Londres, París y otras capitales del Primer Mundo la noticia de la guerra civil en Argentina estalló en la primera plana de todos los diarios. Los gobiernos del Brasil, Paraguay, Chile y Bolivia declararon el estado de emergencia y cubrieron las fronteras con soldados. Las comunicaciones con Córdoba estaban interrumpidas pero era notorio el quiebre que habían sufrido las fuerzas armadas y se sucedían los rumores de levantamientos de la oficialidad.

La guerra en Córdoba terminó casi antes de comenzar. El 23 de octubre la ciudad había sido ocupada pacíficamente por los invasores. Dice Jacques Moncassin: “La horda caótica que llegó a las puertas de la ciudad se transformó al entrar en ella en un organismo solidario y disciplinado”.

El 25 de octubre se declaró oficialmente que la ciudad de Córdoba había caído arrasada por el ejército del pueblo.

Enrique Symns - “Invitación al abismo”

Fotos: Inforegión, Diario La Tarde y Web.

sábado, 23 de enero de 2010

11) LA HORDA


El maremoto humano que comenzó a avanzar hacia la ciudad de Buenos Aires tuvo su centro de mayor densidad en la región conformada por Formosa, Chaco y Misiones. Las "Hordas de Atila" -como las definió un titular del diario La Nación el 2 de octubre de 1999- se movilizaban ameboidalmente, separándose y volviéndose a unir, siempre engrosando la masa de su protoplasma humano.

Según cálculos realizados por la Fuerza Aérea, tres grandes grupos avanzaban desde el Norte y cada uno de ellos incorporaba a su núcleo un promedio de mil quinientas personas por jornada. La velocidad media del monstruo se veía retardada cada vez que atravesaba alguna ciudad más o menos importante: un verdadero carnaval se desataba en cada uno de esos arribos. Las fiestas callejeras, que en ocasiones duraban dos o tres noches con sus días, iban desgastando el poder del avance. El carnaval no estaba desprovisto de violencia, ya que los saqueos, atentados y violaciones se sucedían continuamente. Las evacuaciones masivas comenzaron a producirse a medida que los rumores de violencia y saqueo antecedían a la horda. Principalmente funcionarios,
agentes policiales, sacerdotes y comerciantes constituyeron la aterrada avanzada de la avalancha.

Este ademán descontrolado de los sectores más marginales de la gran marea humana, sin embargo, fue pronto sofocado por la presencia ejemplar de una multitud de pequeños líderes que comenzaron a dirigir y controlar la furia de los festejos.

La primera resistencia institucional fue planteada por la inteligencia del Estado. En lugar de ataques sucesivos se optó por un enfrentamiento que destruyera el avance y que, al mismo tiempo, fuera ejemplar y disuadiera otros intentos posteriores.

La ciudad de Córdoba fue elegida como el punto de choque: el Tercer Cuerpo de Ejército fue encargado de ejecutar el ejemplar castigo.

Todo el mortífero poder de la guerra fue preparado para detener la marabunta.

La propaganda, eficazmente dirigida sobre la población, desató una ola de terror entre los cordobeses. Millares de voluntarios se presentaron y fueron alistados para defender la ciudad.

El 15 de octubre de 1999, un ejército de más de cien mil desharrapados se cirnió como una sombra sobre las fronteras de la provincia de Córdoba.

El avance se detuvo. Las radios clandestinas transmitieron desesperados mensajes aconsejando a la multitud que retrocediera.

La caótica masa de invasores recibía órdenes y contraórdenes hasta que, sin que se sepa aún hoy cómo fue que se decidió, en la noche del 18 de octubre se inició la invasión.




Enrique Symns - “Invitación al abismo”

Fotos:
Click sobre cada una.

viernes, 25 de diciembre de 2009

10) GUERRA EN LOS BARRIOS

La ciudad de Buenos Aires, que en 1999 iba a ser el epicentro de un auténtico terremoto social, fue sufriendo profundas transformaciones durante el transcurso de la década. La migración descontrolada provocó grandes problemas de convivencia entre los porteños. El conurbano avanzó hacia el centro y pronto la ciudad sobrepasó con amplitud su capacidad habitacional. Las autopistas se convirtieron en el techo de innumerables colonias de inmigrantes y todas las fábricas abandonadas del cordón industrial fueron tomadas por asalto, creando abigarrados barrios dentro de otros barrios.


Pero el problema de vivienda no era el más grave. La desocupación forzó las estadísticas de delincuencia. El desabastecimiento generó un mercado ilegal de alimentos y productos de primera necesidad. En oficinas, bares y hasta en las calles se traficaban computadoras, manteca, armas, cocaína o remedios.

Esa nueva ciudad marginal -que fue creciendo ante la desidia y la indiferencia que caracterizó siempre a los porteños- estaba organizada en "tribus" y en "bandas". Las tribus tenían ley, una ética propia y hasta cierta ideología. Las bandas, en cambio, eran ejemplares de la peor marginalidad y ejercían la violencia del ciego herido que golpea todo lo que se mueve en su entorno. Instintivamente, estas bandas y tribus comenzaron a disputarse los mercados de drogas y el poder de la ciudad en cuanto presintieron el advenimiento de un caos que podía favorecer sus proyectos.

El cuestionado decreto del 10 de julio de 1995 -por el cual se castigaba con pena de muerte los delitos contra la propiedad, si estaban acompañados por secuestro y/u homicidio- no hizo más que generar una delincuencia más peligrosa, que no dejaba testigos.

El gobierno concentró todo el poder de su aparato represivo en defender la ciudad de la anunciada invasión del interior, y por tanto desprotegió el orden interno. En Quilmes, La Boca, Lanús y Barracas las bandas se enfrentaban en la vía pública, produciendo continuas muertes. Los partidos de fútbol, los recitales de rock y hasta las fiestas patrias fueron utilizados como campos de combate.

En agosto de 1999 las crónicas policiales ocupaban la primera página de todos los diarios y las estadísticas batían récords. En tal estado de fragilidad la ciudad se preparaba para recibir la avalancha.


Enrique Symns - “Invitación al abismo”

Fotos: Indymedia Rosario y Web

jueves, 5 de febrero de 2009

9) El apagón


El apagón que sufrió la ciudad de Buenos Aires hizo evidente para los pobladores algo que las autoridades intentaban vanamente ocultar: además del movimiento de masas hacia el conurbano, ya existían grupos organizados trabajando desde adentro.

El 2 de noviembre se produjeron dos sabotajes que interrumpieron el transporte de energía eléctrica hacia la Capital. A la altura del Barrio Pepsi, en Florencio Varela, fue dinamitada la red troncal de alta tensión proveniente del Chocón. Dos horas después, en un atentado de similares características, fueron voladas las turbinas de Puerto Nuevo. Los dos atentados, unidos a las cíclicas faltas de lluvia, con la consiguiente inutilización de los embalses, provocaron un apagón casi completo en toda la ciudad. Al día siguiente la usina de Bahía Blanca fue tomada por asalto e inutilizada, un golpe casi definitivo contra el sistema eléctrico.

Aquellos fueron los días más dramáticos y caóticos de la historia argentina, y así lo describe Jacques Moncassin: “Los efectos del atentado fueron múltiples. El primer día lo más notorio fue la desconexión informativa que se produjo. Millones de personas dejaron de recibir el incesante alimento informativo que los mantenía unidos a la realidad. Sin radio ni televisión, sin que los diarios pudieran editar y distribuir normalmente sus ediciones, los rumores y las falsas alarmas recorrían la ciudad como un río envenenado. Después aparecieron los efectos más visibles: la putrefacción de los alimentos y el consecuente desabastecimiento. Durante el día las calles eran un hormiguero descontrolado de hombres y mujeres en busca de alimentos, querosén, velas y, sobre todo, armas para defender sus hogares. Con el atardecer, Buenos Aires se iba transformando en una ciudad fantasma sólo recorrida por patrullas de defensa civil, policía y también pequeños grupos de delincuentes que asolaban mercados, armerías y viviendas. Docenas de violaciones y asesinatos, continuos enfrentamientos entre fuerzas del orden y pandillas llenaban las estadísticas cotidianas”.

A pesar de todo, la defensa de la ciudad continuaba organizándose implacablemente.

Enrique Symns - “Invitación al abismo”

viernes, 14 de noviembre de 2008

8) Los conspiradores

El inédito estallido social que se estaba gestando estuvo impulsado, desde sus inicios, por una también inédita casta de líderes caracterizada por su origen lumpenal.

Harfusch, El Libanés, gestor de los sangrientos hechos en San Agustín, se convirtió en un modelo referencial que luego adoptaron bandoleros, traficantes, contrabandistas y toda clase de marginados sociales. Un país que había agotado las ilusiones del pueblo a través de una innumerable lista de funcionarios corruptos y que estipuló el modelo delictivo desde las propias vidrieras estatales generó como contravirus el nacimiento de una nueva mitología. Una frase típica de la época, transmitida por las radios clandestinas y repetida por las publicaciones subterráneas era “Robar lo que nos han robado, matar lo que nos han matado”.

Salvador Aón, el lugarteniente del legendario Harfusch, deambuló clandestinamente por todo el país incentivando la revuelta.

A mediados de septiembre de 1999 se realizó la primera gran reunión conspirativa en la provincia de Neuquén. Roger Philips, en el ya citado Argentina, la marabunta de la historia, da testimonio de ese encuentro: “Tal como había sucedido en el bar La Olla, en San Agustín, el cónclave neuquino fue un encuentro oportuno y espontáneo de ciertas personalidades. Nadie llegó allí con un proyecto. Nadie tenía un plan o siquiera un propósito claro. El asalto a Buenos Aires se gestó entre borracheras y discusiones absurdas”.

Allí se conocieron Rogelio Duarte -famoso traficante de cocaína, cuya peculiar banda estaba conformada por una mayoría de indios tobas, chiriguanos y yagués-, el poderoso clan de los hermanos Catenacci, en representación de las provincias del norte, y otros líderes muertos con posterioridad en el asalto.

Estas fueron las declaraciones que con posterioridad hizo Salvador Aón para un matutino francés: “Nos dimos cuenta de que el país ya no era de nadie. No había país: era cosa de estirar la mano y tomarlo todo. Sólo teníamos que encontrar la forma de hacerlo. No era tan fácil mover una mano formada por millones de personas. Entonces pensamos en dejarlos ciegos. Un apagón en Buenos Aires, un apagón que los dejara ciegos”.

Enrique Symns - “Invitación al abismo”

sábado, 30 de agosto de 2008

7) El Tren de la muerte

El problema más grave para el gobierno nacional continuaba siendo la invasión desordenada de cabecitas negras que el hambre y la desocupación arrastraba en oleadas cada vez más notorias hacia el Gran Buenos Aires, aumentando la población lumpenal y, por tanto acrecentando el poder de las pandillas que día tras día iban aumentando su poder en las zonas marginales de la ciudad. Las campañas publicitarias que continuamente se realizaban tratando de retener a los pobladores del interior en sus ciudades y pueblos de origen no daban ningún resultado.

A fines del año 1998, el gobierno se decidió por crear una invisible frontera alrededor de la Capital Federal. Los pasajes a Buenos Aires se vendían sólo con permisos especiales que debían estar autorizados por los municipios. Se realizaban estrictos controles en aeropuertos, estaciones y terminales de ómnibus. Después de reprimir algunos incidentes aislados, el sistema de control pareció demostrar su ineficacia. La teoría de los dos países quedó dibujada sobre el mapa de la Argentina.

Pero el 17 de septiembre de 1999 un tren proveniente de Tucumán fue asaltado por una turba de desocupados, poco después de partir de la ciudad de San Miguel. Más de mil polizones, armados con palos y navajas, se diseminaron por los vagones, asaltaron las bodegas del salón comedor y tomaron el poder del tren. Fue una noche de jolgorio y de aventura para aquellas mil almas que jamás habían conocido otro placer que el de evadir continuamente el sufrimiento.

El tren fue detenido en Grand Bourg, a pocos kilómetros de la estación Retiro, su destino final. La orden era estricta: los mil polizones debían ser detenidos y regresados a Tucumán. La policía provincial que efectuó el procedimiento intentó parlamentar con los pasajeros ilegales pero el exceso de alcohol, así como la ansiedad de entrar en la ciudad que ya tenían al alcance de la mano, desató la violencia.

Los primeros enfrentamientos fueron con palos y balas de goma; en ese combate, las fuerzas del orden llevaron la peor parte. De inmediato se produjo el tiroteo. La multitud fue virtualmente fusilada, dentro y fuera de los vagones. En esa trágica jornada murieron veintisiete civiles y cuatro agentes del orden.

Para el sociólogo francés Jacques Moncassin, “el incidente del Tren de la Muerte puede ser considerado como el hecho histórico que marca el inicio del asalto a Buenos Aires. Si bien los argentinos estaban acostumbrados a los hechos de violencia, los asesinatos y las represiones descontroladas, el Tren de la Muerte les hizo tomar conciencia de esa frontera invisible que los separaba. La migración clandestina había tenido como causa el hambre; la avalancha que sobrevendría estaba generada por el odio”.

La computadora Osiris I recogió voces provenientes desde todos los rincones del país. En todas partes se hablaba de lo mismo. Como en una pesadilla, en cada pueblo y cada aldea, en cada bar y cada calle, se escuchaba la misma orden: “¡A Buenos Aires! ¡A Buenos Aires!”.

Las fotos satelitales registradas el 25 de septiembre ya identificaban a las primeras compactas multitudes que comenzaban a formarse.

Enrique Symns - “Invitación al abismo”

miércoles, 6 de agosto de 2008

6) Nace una leyenda

El Operativo Honor se realizó manteniendo en absoluto anonimato a los efectivos que en él participaron. Esa misma noche los quinientos soldados fueron transportados a Coronel Pringles, tomaron la ciudad y cortaron toda comunicación con San Agustín. Antes del amanecer, los comandos entraron en San Agustín tomando por sorpresa a los rebeldes que, inexplicablemente, habían relajado la vigilancia.

Más que una batalla fue una matanza. El bar La Olla, cuartel general de los subversivos y símbolo nacional de la rebeldía, fue demolido. La estación de trenes y la comisaría también fueron destruidos. Los rebeldes se acantonaron en el Parque Nacional Lucio Miranda, en las afueras del pueblo, y allí fueron cazados y fusilados uno por uno. Harfusch, alias El Libanés, jefe supremo de los rebeldes, fue eliminado al mediodía. Su lugarteniente, Salvador Aón, logró escapar en la confusión del combate y es su testimonio quizá parcial el que recoge Roger Philips, en su libro Argentina, la marabunta de la historia: “No es cierto que mataran a mujeres o a niños. Todo lo contrario. Se cuidaban muy bien de no herirlos. A los hombres sí, les daban con todo. Te fusilaban donde te encontraban, estuvieras armado o no. León (Harfusch) estaba mal herido pero vivo cuando lo capturaron. Un oficial le tomó el pulso y luego, con mucha calma, sacó su pistola y lo remató”.

Las cifras oficiales fueron de veintiocho muertos y setenta y cinco heridos. Según Philips, hubo más de doscientos muertos y no menos de quinientos heridos. Pero el arsenal que los rebeldes habían capturado en el combate de la Curva del Zorro no fue recuperado.

El titular del diario Clarín del 9 de febrero de 1999 era espectacularmente triunfalista: “La guerrilla fue exterminada”. Los noticieros televisivos agotaron a los espectadores con interminables reportajes a los nuevos héroes que habían aniquilado el foco subversivo.


Sin embargo, el embajador Millar de los Estados Unidos transmitió al gobierno argentino su desagrado por la represión desatada. Los dioses Osiris, las supercomputadoras que vigilaban el mundo, pronosticaron un aumento cuantitativo de la violencia social.

Al cabo de un par de semanas del Operativo Honor, León Harfusch se convirtió en héroe popular. En el imaginario colectivo su figura pasó a ser una combinación ideal entre el Che Guevara y el general Perón. Las radios pirata que pululaban por todo el país comenzaron a transmitir programas de carácter francamente subversivo.

Fue como el despertar de un volcán. Un temblor bajo la superficie del inconsciente colectivo arrancó de sus hogares a millares de campesinos hambreados, obreros de la construcción, bandidos, desamparados, jóvenes sin futuro, analfabetos, mendigos. En cada casa, en cada escuela, en cada bar se declaraba un estado caótico de asamblea permanente.


Roger Philips escribió: “El principal enemigo de las instituciones democráticas no fueron los rebeldes o subversivos. Fue la solidaridad. Cuando se formaron las primeras cooperativas de consumo y de trabajo, cuando las radios clandestinas comenzaron a conectarse entre sí y la prensa subterránea funcionó como un correo social, cuando por las noches las puertas de las casas quedaron abiertas, el sistema comenzó a derrumbarse”.



Enrique Symns - “Invitación al abismo”

sábado, 31 de mayo de 2008

5) El rey del mundo

Mientras estos sucesos alteraban profundamente el orden y la dirección del viaje de uno de los países más importantes de Latinoamérica, en los Estados Unidos -cerebro del imperio, cuya convicción más inconsciente y misteriosa impulsaba al hombre más allá de los límites de la gravedad terrestre- se puso en estado de alerta a dos de sus más recientes creaciones: Osiris I y Osiris II. Los llamaban los Cerebros Planetarios; eran dos supercomputadoras.

Embutida en un gigantesco satélite que orbitaba la tierra, Osiris I era la más inteligente computadora jamás construida. Contaba con doscientos “sentidos” en una clara demostración de superioridad sobre la especie humana, apenas portadora de no más de siete sentidos receptores de estímulos. Estos sensores eran los doscientos Horus, pequeños satélites con capacidad de alimentar el cerebro de Osiris I con más de quinientos mil datos por minuto. Los Horus espiaban, escuchaban, fotografiaban, realizaban estadísticas y sintetizaban probabilidades de todos los sucesos que acontecían en el planeta. Podían escuchar cualquier conversación aún cuando se efectuase en un susurro, si se lo proponían. Osiris I, como un auténtico Dios, era omnipresente, estaba en todas partes al mismo tiempo. Era la conciencia planetaria y en su cerebro estaba contenido el futuro humano probable en los siguientes diez años.

Osiris II, ubicada en algún lugar supersecreto del territorio americano, transformaba esa información en táctica cotidiana de acción. Gobernar el mundo era escuchar a Osiris.

Cuando se le ordenó a Osiris I que dirigiera todo su arsenal perceptivo hacia San Agustín, la computadora demoró menos de veinticuatro horas en insinuar la estrategia. El gobierno aceptó sumisamente las órdenes divinas de Osiris. Se modificó el lenguaje periodístico y los “subversivos” pasaron a ser “víctimas de la crisis social”. Se realizaron conmovedores llamados a la unidad nacional y, auspiciado por todas las casas provinciales, se realizó en la ciudad de Córdoba un festival en el que participaron los artistas populares de mayor renombre en el país. Más de doscientas mil personas se reunieron a cantar por la paz. La banca internacional otorgó un crédito de diez mil millones de dólares al gobierno argentino.

Los últimos días de enero de 1999 encontraron al país dispuesto a deponer toda acción violenta. Pero la situación de San Agustín debía ser resuelta. Los rebeldes no entregaron sus armas ni hicieron signos de resignar el gobierno de facto. La noche del 7 de febrero, en absoluto secreto, quinientos efectivos concentrados en Bahía Blanca partieron hacia San Agustín.



Enrique Symns - “Invitación al abismo”

martes, 29 de abril de 2008

4) La guerra de los paisanos

A raíz del incremento descontrolado de una nueva y feroz delincuencia y del surgimiento de conflictos sociales de impredecible continuidad, el gobierno creó un cuerpo de combate especial. Lo llamó Ejército Constitucional Federativo (ECF) y le dio autoridad operativa en todo el país. Eran el terror de las pandillas organizadas que asolaban el Gran Buenos Aires y también de los piquetes de huelguistas y manifestantes de todo el país.

Sin considerar el real calibre del enemigo a enfrentar, el 6 de octubre de 1998 el grupo de cincuenta comandos partió a cumplir con su misión. Además de los experimentados combatientes llevaban dos carros de asalto, ametralladoras pesadas y los nuevos fusiles M46, popularmente denominados Terminador ya que disparaban por un sistema de microcomputación casi sin participación del tirador. El Ejército Constitucional Federativo -más conocido como los “Pumas de Acero”- entró triunfalmente en Coronel Pringles. Los efectivos militares recibieron una bienvenida fría y distante de los lugareños.

El 8 de octubre partieron hacia San Agustín, distante apenas 13 kilómetros de Pringles. Nunca llegaron a destino. A cuatro kilómetros de San Agustín, en una curva conocida como “la Curva del Zorro”, cayeron en una trampa casi infantil, pero eficaz por lo inesperada. La prensa internacional la llamó “La Batalla de los Treinta Minutos”. Los paisanos, simplemente “La Guerra del Zorro”. Unas vacas atravesando la ruta detuvieron la caravana. Los árboles, los arbustos inventados y las fosas cavadas junto al camino sirvieron de refugio a una multitud de paisanos, hombres de campo y comerciantes que ese día trabajaron de francotiradores. La batalla duró menos de treinta minutos. En los primeros cinco, la mitad de los efectivos militares fue eliminada, antes de que se produjera alguna reacción.

El New York Times afirmaría unos días después que el armamento utilizado por los paisanos provenía de Honduras y que los francotiradores usaron las ametralladoras Rascolnikoff 12 de origen soviético. Salvador Aón, lugarteniente de Harfusch, declaró a la prensa: “Usamos los chumbos y metras que afanamos de comisarías y cuarteles”. Lo cierto fue que treinta minutos después de disparado el primer tiro, los Pumas de Acero se rindieron. Quedaban con vida apenas once soldados. Los paisanos acusaron dieciocho muertos y veintitrés heridos. Los prisioneros fueron alojados en el Hotel San Agustín.

El escándalo internacional no pudo evitarse. Desde Buenos Aires a La Quiaca, desde Bolivia hasta Mozambique, la Guerra del Zorro fue motivo de polémica para toda la humanidad. Los ojos del mundo enfocaron San Agustín.

Enrique Symns - “Invitación al abismo”

domingo, 13 de abril de 2008

3) La Masacre de San Agustín

La falta de suministros, la desconexión aguda del gobierno central con los problemas del interior y el creciente escepticismo ante una democracia que demostraba mes tras mes ser más declamativa que real, conformaban la trama climática de una inestabilidad crítica a mediados de 1998. La represión se amparaba tras la fachada de una legalidad defendida a ultranza. Los delitos contra la propiedad podían ser castigados hasta con la pena de muerte si estaban acompañados por secuestro o asesinato. Fue así que el gobierno se inquietó ante las denuncias y rumores sobre los supuestos delitos que se estaban cometiendo en San Agustín.

El 14 de septiembre de 1998 partió hacia esa ciudad una comisión bicameral. La comitiva también incluía periodistas, agentes policiales y empleados administrativos: un total de veinte integrantes.

Fueron recibidos con todos los honores en el municipio de San Agustín y las autoridades locales se pusieron a entera disposición de los investigadores.

El 18 de septiembre fue viernes. Pero no era viernes. La actividad normal de la ciudad se fue alterando a medida que transcurrían las horas. Como si un invisible telégrafo estuviera transmitiendo, al anochecer todos los pobladores se encerraron en sus casas. Los bares y clubes se cerraron. El baile del fin de semana fue suspendido. A las diez de la noche las calles estaban desiertas. Solamente andaban los matadores. Nunca hubo un relato oficial de la matanza. Roger Philips, autor del best-seller Argentina, la marabunta de la historia, recoge un testimonio anónimo:

“La decisión del asesinato masivo -dice el autor- fue tomada en el bar La Olla, unos días antes, por una votación de 1.230 votos a favor y 123 en contra. Fueron las elecciones más originales de que se tenga memoria: se votaba por el sí o el no al asesinato. Harfusch, El Libanés, y seis de los matones que siempre lo acompañaban fueron los encargados de realizar el trabajo sucio. Pero los asesinos eran 1.230 ciudadanos. Cuatro de los diputados, dos periodistas y tres custodios fueron detenidos en un camino de tierra cuando regresaban de interrogar a un falso testigo. Se simuló un procedimiento rutinario de control de automotores. Fueron fusilados a la vera del camino; los que intentaron huir fueron perseguidos y rematados en el campo”.

Según Philips, los matarifes regresaron a la ciudad para completar la tarea ya bien entrada la noche. El resto de la comitiva estaba reunida en el hall del Hotel San Agustín: miraban televisión o trabajaban en pequeños grupos. Fueron asesinados uno por uno sin que pudieran oponer la menor resistencia.

La Comisión San Agustín se esfumó literalmente de un día para otro.

Con increible audacia, los sanagustinos anunciaron a los medios informativos de la Capital que los integrantes de la comisión habían partido hacia Buenos Aires en la mañana del día 19.

Una semana después, mediante un decreto, se solicitó la intervención del ejército. El 6 de octubre partieron cincuenta efectivos de infantería con orden de destituir provisionalmente a las autoridades de San Agustín, hasta asegurar las condiciones de seguridad para que asumiera una intervención ya designada. Se iniciaba la guerra.




Enrique Symns - “Invitación al abismo”